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Subirse al mismo barco

En los debates que se leen por internet sobre ser o no ser madre imagino siempre una escena con dos mujeres solas. Una conversación muy posmoderna donde dos mujeres se sientan y conversan, dialogan o discuten. Soledad con soldedad. No se tiran cables, no tejen redes. No creen, ni por asomo, que estén en el mismo barco.

foto grande
Dos mujeres sentadas. Sorolla

Han creído que no se necesitan. Viven el espejísmo que no se necesitan. Que no necesitan a nadie y que ellas pueden decidir sobre sus vidas, sin presiones.

La maternidad es en parte una decisión privada. Sin duda. Gestar a un niño es una decisión que debe ser competencia solo de la mujer. 

Pero, ¿y después? 

Me gustaría que esa criatura, una vez entre nosotras, fuera responsabilidad de todos. También de los que no son sus padres. 

Alguna vez, en algun lugar, dicen que cuando los niños venían al mundo, la vecina, la madre, el hermano, el tío miraban como estaban, les quitaban los mocos si tenían, vigilaban que no cruzaran la calle o le ponían un plato en la mesa una vez a la semana. 

Hoy eso solo lo hacen los padres y cuando no están los abuelos, pero la comunidad que procuraba por ellos ha desaparecido. 

Hoy en día traer niños al mundo se ha convertido en "tu caprichito". ¿Quieres tener un hijo? pues apáñatelas, porque los que no tenemos no vamos a arrimar el hombro. Nadie se rasga las vestiduras con las bajas de matrernidad y paternidad de este país, por ejemplo, porque no va con ellos. Porque los niños son de quien los parió y punto.

Pero yo no lo tengo tan claro. Si fueramos conscientes que no somos autosuficientes, que nos necesitamos. Tal vez si de vez en cuando nos encargáramos de los hijos de los otros o de los abuelos o de la vecina con gripe, tal vez veríamos que en algun momento de nuestras vidas también necesitaremos que nos cuiden. Necesitaremos del otro. 

Entonces, si tengo o no tengo hijos ya no sería tan cierto, porque los hijos de los demás serían un poco tuyos también y los tuyos no serían tan tuyos, en realidad.

Y, tal vez entonces, las dos mujeres solas que discutían sobre si era mejor tener o no tener hijos, se darían cuenta entonces que sus vidas no son contrapuestas. Que no son la cara y la cruz de una moneda. Que van en el mismo barco.

Puérperas. La historia de las mujeres recién paridas (I)

Ya he contado en otras ocasiones la historia de esa mujer india que se escandalizó cuando un antropólogo le contó que en su país los niños solo contaban con sus madres biológicas para que les cuidaran. 

También hablé en un post de los peligros de las soledad y la maternidad que se anuncían en casi todas las culturas populares...

En la cultura mapuche dicen que si las mujeres paren solas puede venir un mal espiritu entrar en sus cabezas y hacerlas volver locas. 

En algunas zonas de la Italia preindustrial se decía que si se dejaban a las mujeres y niños solos después del parto, venían los malos espírtus. Leyendas parecidas se contaban ya en época romana, sobre el peligro de dejar solos a los bebés en sus cunas.

Son pinceladas de una escena que se repite...la madre y la cría recién nacidas viven una de las etapas de más fragilidad para ambas: el peurperio. 

Como comentaban en un post anterior, las mujeres han acostumbrado a separarse del grupo en sus períodos del sangrado en la menstruación.

También cuando acababan de parir, era un momento de sepración del cuerpo social. Se conocen tabús para entrar en recintos sagrados desde época clásica.  
Es un encierro que se tiñe de excepcionalidad. 

Un grupo de mujeres son las encargadas de recibir la nueva vida que llegó a la comunidad. Una vida frágil decidió con determinación salir de su plácida vida intrauterina. Valiente, salta al ruedo para vivir la vida. Allí le espera el cuerpo de su madre en las felices ocasiones que el parto va como debería. 

Las primeras horas, los primeros días, son fundamentales. Hay que cuidar con esmero a mujer y cría. Sobretodo a la mujer, porque a través de ella y su cuerpo se cuida a la nueva personita.

Esos días tan delicados no siempre iban bien. Demasiadas veces se convertían en días de luto.

El poema que os muestro a continación data del siglo XV. Está dedicado a Milia de Lastur. Quién sabe si delante de su tumba, después de un funesto parto, su hermana le cantó,

Zer ote da andra erdiaren zauria?
Sagar errea, eta ardo gorria.
Alabaina, contrario da Milia:
Azpian lur hotza gainean harria. 

Cúal es la la herida del parto?
Manzanas asadas y vino rosado
Aún asi, al contrario de Milia:
Debajo la tierra fría, encima la losa. 



Sin controles médicos, sin "sabiduría clínica específica", las sociedades preindustriales pusieron en marcha una receta bastante similar para superar el escollo: compañía continuada de mujeres con experiencia y comida específica para el momento.

Mujeres en Madrid, 1959

Como comida, reconstituyentes caldos de carne en casi todas partes. Esos caldos que ser hacen poco a poco, que necesitan de gente en la cocina merodeando, mujeres casi siempre.

Las mismas mujeres que meterán las manzanas del poema en el las brasas para asar. Las mismas que llenarán un vaso de vino para la recién parida...y acompañantes. 

La compañía de las mujeres a veces tenía forma de celebración. Leía el otro día sobre ritos en torno al nacimiento en el País Vasco. Se hace referencia en muchos pueblos a estas celebraciones femeninas que comemoraban el nacimiento. Estas fiestas "paganas" se dice que cobraban más importancia que el bautizo eclesiástico.

A veces al día siguiente del nacimiento, a veces al cabo de una semana o dos o justo al final de la cuarentena...entonces llegaban las vecinas, las familiares, las que habían asistido al parto...todas mujeres, todas con algo bajo el brazo. Normalmente dulces y otras comidas, a veces se juntaba dinero en una hucha.

Presentes de ida y vuelta, hasta que otra tuviera otro niño y entonces la que había recibido se dirigiría a la otra casa. Una rueda inacabable de favores, apoyos y ayudas. 

Estas fiestas recibían nombres concretos:

Matropilak (las tortas de las madres) , ermakeriak o emarkeixa (las cosas de las mujeres), atsolorrak o atsolorreta (los trabajos de las viejas), berendua enbrakariak (las mierendas de las hembras), vianda de la parida, atsobesta (la fiesta de las viejas), andraikustea (la visita de las mujeres).

El hecho de nombrar la celebración nos da pistas de su importancia. De su singularidad. Da la impresión, de hecho, que los nombres fueran dados con suspicacias. Todos ellos tienen ciertas connotaciones en negativo.

La confirmación de su importancia y de lo suvbertivo que llegaron a ser estas reuniones femeninas nos la da el hecho de que acabaran prohibiéndolas. 

"Las paridas guardan cama unos ocho días. Combalecidas que sean concurren parientas y amigas a visitarlas en un dia destinado con regalos de capones, gallinas, huevos, chocolate y otras cosas, no obstante deestar proivido por la ley semptima del titulo 35 del fuero de este señorío". 

"Otros diceno que en Viscaya acostumbra las mujeres yr a visitar a otras mugeres (cuando estan paridas) acompaladas con presentes, llevando las mozas cargadas de presentes y de esto tal resulta daño en la tierra. Por evitar ordenaron, mandaron y establecieron por ley, que de aquí en adelante ninguna muger, ni moza sea osada de ir ni vaya publica, ni secretamente a visitar ninguna otra muger, que esté parida, con presentes publicos llevando mozas cargads con cestas, ni en otra manera..."

Ordenanzas de la Villa de Bilbao (1567) "Mugeres no bayan a bisitar las paridas mas de seis "Colaciones ni cosas de a cucar no se den en bodas bateos ni en partos de mugeres ni otras cosas"

Y nos preguntamos porqué, el significado real y profundo de estas prohibiciones.

En el próximo post, veremos como se salía del encierro del puerperio. Las medidas que debían tomar las mujeres para reintegrarse a la comunidad.

(Gran parte de la entrada la he hecho gracias a las informaciones recogidas en el libro "Ritos del nacimiento al matrimonio en Vasconia")

La vida es común, lo común es la vida


Como consecuencia del impás en que vivimos, mucha gente plantea y replantea la vida, la forma que tenemos de vivirla y como solucionar la crisi social y económica en la que estamos inmersos. El principal objetivo es que no nos ganen de nuevo la partida los de siempre.

Mi día a día lo paso, entre otras millones de cosas, también cuidando a mis hijas. Por otro lado, como historiadora que soy, también tengo la manía de pensar en mis cosas “históricamente”. Pensando en como se ha hecho esto de la maternidad y como se puede hacer mejor.

Con las lecturas de estos años, lo intuido se confirma y amplia. Sí, con sorpresa y cierto aturdimento me doy cuenta de la vida que hemos tenido muchas mujeres hasta el día de hoy ha sido ruinosa. No exagero si hablo de que la vida de muchas de nosotras ha sido de esclavitud y submisión. Que sobre ello se ha construido, entre otras cosas, el actual orden económico y social. Malos fundamentos, ¿verdad?

Dentro de las paredes de las casas se han erigido lugares de violencia y tortura (ahí es nada). Añadiría que los que más han sufrido (y siguen sufriendo) estas violencias son los niños y niñas. De hecho, hoy en día aún se justifica y ampara la torta, el grito, el desprecio, etc.

¿Qué hacemos para emendar todo este desaguisado? Mejorar los cuidados y la vida en el interior de las casas es clave para la construcción de un mundo mejor. Tal cual. Pienso que es importante, que el eje del cambio viene por replantearnos como vivir a pequeña escala.

Hace tiempo que escribía que hay dos espacios en los que me parece fundamental ejercer el cambio: familia y comunidad. He hablado sobre lo que es la familia para mi. Ahora me gustaría ahondar en el segundo peldaño: la comunidad. 

P. Brueghel, la Boda


Tengo el convencimiento que también la destrucción de las estructuras comunitarias ha sido premeditada y orquestrada para construir el sistema actual. Así pues, para dar paso a cambios profundos es esencial reconstruir las redes que se han roto. Tejer un de nuevo unas relaciones extrafamiliares fuertes y comprometidas. Comunidades que nos susteten y ayuden.

Hoy en día los cuidados pasan de la responsabilidad familiar a la estatal, en una suerte se salto mortal. Al niño lo cuidan sus padres (o la madre) o, como mucho, pasa tiempo con sus abuelos (o la abuela) y de allí pasa a la tutela del estado (escuela, lugares de ocio, etc). Al anciano lo cuidan sus hijos (hijas) o lo llevan a una residencia.

En este itinerario falta, a mi entender, un paso: ¿dónde están los demás?

Necesitamos todas las manos posibles para construir la comunidad y redistrubir los cuidados. Por un lado, es esencial, claro, que los hombres se sientan interpelados. Pero la reformulación debe ir más allá. Como diceAmaia Perez Orozco (mucho mejor que yo y con más claves) la vida es responsabilidad común. Toda vida necesita de otras vidas.

Tal vez, cuando hay alguien que depende de ti (hijos, mayores, etc) eso se hace más patente. Pero aquellos que son jóvenes y fuertes, autosuficientes en principio, también necesitan de los demás. La humanidad (una palabra que nos viene un poco grande) se fundamenta en el cuidado, en el compromiso de cuidar y ser cuidados por los otros. No seré yo la inventora de la imágen del iceberg. Porque esta es una sociedad donde los cuidados viven sumergidos. Con esta imagen, nos creemos, nos han vendido la ficción que somos individuos independientes y así nos va.

Tenemos nuestras vidas empeñadas, al servicio de la producción y no nos lo podemos permitir. La VIDA en común debe volver al eje de prioridades. Si queremos que estas tareas no repercutan solo en las MUJERES SOLAS, convirtiéndose en un trabajo inasumible, denigrante, duro...entonces hay que arremangarse, no nos queda otra.

Apelo a aquellos que piensan que eso de los cuidados no va con ellos. Tu que vives “como quieres”, “donde quieres”, que “no dependes de nadie”. No te creas la farsa que te han vendido. No estás solo, no estás sola, necesitas de los demás y nosotros y nosotras también necesitamos tu ayuda. Reconstruye las redes de cuidado con quién quieras, pero búscalas y comprométete con ellas.

Si se hace bien (con ganas y ayudas, quiero decir) cuidar es bonito, sí.

Nosé que políticas se deberían emplear para fomentarlo, que teclas habría que tocar, que conciencias cambiar. 

Que vuelva la comunidad es tan difícil como resucitar una lengua muerta. Un trabajo casi imposible. 

Tal vez hay que inventar nuevas fórmulas.

Se aceptan propuestas.

Sobre el compromiso y la comunidad

Este fin de semana mi chico me leía un fragmento de un libro, donde hablaban también de madres.

Decía que un antropólogo se quedó escandalizado porque en no se que tribu (discuplad las impresiciones) algunos niños no sabían quiénes eran sus padres biológicos.

Una anciana de esa misma tribu se quedó escandalizada también al saber que en el país del antropólogo los niños se criaban solo con sus madres biológicas. Nadie más les ayudaba, no había una comunidad detrás que le echara una mano.

Por otro lado, estos días también he estado leyendo un libro que en principio poco tiene que ver con este tema. Vecindades Vitorianas (muy recomendable por más de una razón), donde se cuenta la historia de las organizaciones vecinales de esta ciudad (mi ciudad de adopción) antes de la llegada de la modernidad. Cuando ser vecino significaba mucho. Mucho más que vivir en la casa de al lado, más que dejar un poco de sal.

"La vecindad, tal y como la entiende hoy la antropología es el conjunto de todos aquellos aspectos que trascendían a la capacidad de la casa para asumir los problemas que se le planteaban y que ella sola -la casa- no podía resolver; no sólo del orden material y económico, sinó también en el ámbito espiritual"


 

Si te falta la sal, pero también si te pueden tener al niño en brazos mientras fríes las patatas o si te pueden sostener y abrazar ese día que se viene las lagrímas sin querer.

El peldaño de sostenimiento y cuidado que había entre la familia y la sociedad (o el Estado, digamos). 

Si bien el grupo tiene sus contras, de control social, de sometimiento y de compromisos a veces no asumibles (de eso sabemos mucho las mujeres). Sin duda nos hemos quedado huerfanos de muchos de los pros. 

En la actualidad, este estadio intermedio, la comunidad, ha desaparecido. Me atrevería a decir que de manera medida y meditada.


Para poner el ejemplo del libro, las Vecindades vitorianas correspondían en su mayoría a simplemente un tramo de calle. Los lazos entre los vecinos eran de obligado cumplimiento. Tenías que acudir a bautizos, bodas, funerales, comidas comunitarias y demás. Esos compromisos para con tus convecinos eran inquebrantables. Por otro lado, eras partícipe, te reunías, decidías, organizabas. Eras ciudadano activo. 

Las vecindades fueron desmanteladas hace unos siglos en favor del poder más burocrático y alejado de la ciudadanía. El ayuntamiento asumiría cualquier poder de decisión, todo pasaba por allí. Todo eso pasó a la vez que se ponía en marcha el Estado Moderno. 

La llegada del individualismo por un lado y del Estado por el otro (dos caras de la misma moneda), nos ha quitado cualquier poder como ciudadanos activos, ha conseguido, con esfuerzo, acabar con las comunidades, vecindades, etc. 

La profundiad del cambio que supone en las sociedades occidentales la pérdida de esta comunidad es de un calado defícil de medir.

Una de las pérdidas más trágicas, a mi entender, es haber perdido la capacidad de asumir compromisos para con el otro. 

Un demoledor ¿y yo qué? que se deja oir en todos los estratos sociales de izquierda a derecha.

Las madres y padres sabemos de lo que hablamos.

Tener un bebé en tus manos es una sacudida, también en eso. Porque te das cuenta que tienes que hacer cosas que no te apetecen, por encima de tus gustos, de tus necesidades, de tu sueño (por poner un ejemplo bien claro), hay un ser que te necesita. Y un día además te das cuenta que hacerlo te enriquece. Creces en vez de desaparecer.

La crianza puede ser, porque no, un buen escalón al que subirse para recuperar esta capacidad de comprometernos. Después viene la presona que tienes al lado y después la comunidad. 

Dar y recibir. De eso se trata. Estamos preparados para ello. Porque no debemos estar solos.